La forma más clara de saberlo es observar cómo responde tu hijo o hija ante lo que le pides. Si ves que se bloquea, evita las tareas, se frustra con mucha facilidad o necesita hacerlo todo perfecto para no equivocarse, es probable que la exigencia esté por encima de su capacidad actual.
También es importante revisar no solo lo que le pedimos, sino desde dónde lo estamos haciendo. Muchas veces esperamos determinados comportamientos porque necesitamos sentirnos tranquilos, que todo esté bajo control o que "todo vaya bien", y sin darnos cuenta ponemos por delante nuestras necesidades como personas adultas. Esto puede hacer que dejemos de mirar las necesidades reales del niño o la niña, su momento evolutivo y su capacidad para responder a lo que le estamos pidiendo.
En la práctica, puedes preguntarte: ¿esto que le estoy pidiendo puede hacerlo ahora mismo con los recursos y la madurez que tiene?, ¿o lo estoy pidiendo porque yo necesito que lo haga? Cuando ajustamos nuestras expectativas a su capacidad, los niños y las niñas suelen responder mejor y con menos resistencia.
También es importante observar si hay espacio para el error. Si el niño o niña siente que equivocarse no es una opción, aparecerán más ansiedad y menos oportunidades de aprendizaje. En lugar de centrarte en el resultado, resulta más útil acompañar el proceso, reconociendo el esfuerzo o guiándole paso a paso cuando se bloquea.
El objetivo no es que lo haga perfecto ni rápido, sino que pueda avanzar sintiéndose seguro y acompañado, desarrollando poco a poco sus habilidades sin necesidad de funcionar bajo presión.