19 de noviembre de 2002

El vino y la cultura

El vino es cultura. Está unido al carácter de cada región, de cada pueblo. En los países del Mediterráneo, el vino ha generado consecuencias artísticas, económicas, sociales y morales muy positivas.

Además de recibir un trato especial de pintores, escultores y artistas, el vino ha configurado mentalidades y unos valores socioculturales que atestiguamos en la Grecia antigua, cuna de nuestra cultura, y que, desde allí, se difundieron por el Mediterráneo.

A partir de entonces y hasta nuestros días, el vino adquiere protagonismo artístico y literario, se erige en vehículo de unión y amistad, y en su elaboración se unen el progreso científico-técnico y la tradición.

Tres mil años antes de Cristo existe constancia de esta cultura del vino. Los egipcios realizaron el primer jeroglífico sobre la viña; las cepas figuraban en un lugar privilegiado en los jardines de Babilonia, y comienza, en Persia, el uso del vino en la cocina.

También de esa época data un cofre de marquetería de Mesopotamia, con los cortesanos bebiendo a la salud de sus soberanos. Esta es la primera representación conocida de la cata de vinos.

Y Estrabón, en el siglo I antes de Cristo, utilizaba el cultivo de la vid para determinar el grado de habitabilidad de una región: las mejores tierras para vivir son las aptas para criar viñedo, decía.

Dos siglos después, Tácito afirmaba que donde acababa el vino terminaba la cultura. Sólo son dos muestras de que el vino representa una unidad cultural, con identidad propia y con historia.

En la viticultura y en la vinicultura se han armonizado el respeto por la naturaleza, la habilidad artesana y la creatividad humana. El vino ha conllevado valores y ha generado consecuencias económicas, sociales y culturales altamente positivas.

Forma parte de la dieta Mediterránea. Una dieta que despierta gran interés por la menor incidencia de las enferemedades cardiovasculares entre los habitantes de esas zonas. Pan, vino y aceite fundamentan, junto a frutas, verduras y pescados, esta dieta. En el arco mediterráno existen dos "bandos" gastronómicos. Los que consumen cerdo y beben vino, y los que se abstienen.

Tampoco la demografía escapa a la influencia de la vid y el vino. Es un hecho constatado que la población abandona las zonas rurales y se instala en las urbanas. Pero también es cierto que las zonas rurales con mayor extensión de territorio dedicado al cultivo de la vid han conservado sus habitantes.

Las zonas vitícolas elaboran, casi siempre, su propio vino, con lo que se crean cooperativas y se promueve la instalación de bodegas y de empresas. Industrias todas ellas que atraen mano de obra y provocan un aumento de la población.

Sirva un ejemplo de todo ello: en los peores años de la plaga de la filoxera -una plaga que aniquiló gran parte del viñedo europeo y español- se produjeron grandes movimientos migratorios en las zonas rurales vitivinícolas, bien hacia las capitales o bien hacia América y Europa. De hecho, la gran emigración española hacia América tiene una relación directa con la filoxera.

Y cómo no. El vino también está vinculado con la religión. En la Biblia se cita al vino más de 150 veces. El consumo de vino en las fiestas judías está acompañado de bendiciones rituales al comienzo de las comidas y, sobre todo en la cena del Sabat. Vino y panes simbolizan el maná que caía en el desierto los viernes por la tarde. Incluso existe una oración para todo ello.

Pero, como en tantas culturas, el abuso del vino en el judaísmo está considerado una abominación, no así su consumo moderado que es muy recomendado.

Vino, pan y aceite -base de la dieta mediterránea- son productos muy importantes en el antiguo Testamento.Y es Cristo el que sacraliza el pan y el vino como cuerpo y sangre.

La viña es el símbolo de la iglesia y, en ocasiones, Cristo el racimo productos de vino: "Yo soy la vid verdadera", proclama Jesús "y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mi no lleva fruto, lo quitará, y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará para que lleve más fruto".

Prueba de esta vinculación del cristianismo con la vid y el vino son las múltiples referencias en la Biblia: desde las bodas de Caná hasta la última Cena, el vino es el protagonista, y último Cáliz es símbolo de inmortalidad.

Por no hablar ya de la consagración del vino, de las imágenes, de los retablos, de las portadas, en las que la vid y el vino constituyen el motivo principal.

Incluso los árabes consumían vino antes de la proclamación del Corán. Eran países productores y consumidores. Tanto, que las primeras referencias a la viña y al vino corresponden a zonas del Próximo Oriente, zonas hoy musulmanas. También en la época árabe de España se consumía vino. Si lo censuraban a veces, otras veces sólo criticaban su consumo excesivo.

Desde el descubrimiento del vino, los hombres han aplicado todo el ingenio innovador y la habilidad artesana a su elaboración, conservación y comercialización. Y todo ello, a pesar de los profundos cambios políticos y económicos que se han producido a través de los tiempos.

Hoy en día, los consumidores de vino cuentan con criterios cada vez más exigentes. Los medios de comunicación, la difusión de la cultura del vino, la importancia de la dieta mediterránea han hecho a los consumidores cada vez más exigentes. Exigen un vino de calidad y saben distinguirlo. Cada vez son mayores los conocimientos sobre la cata, sobre la historia. Quieren distinguir aromas, olores, sabores, añadas, orígenes...

La elaboración del vino también ha cambiado. Ya no se elabora igual que hace cien años, aunque en su elaboración se conjugan los elementos tradicionales con los últimos descubrimientos enológicos.

En el envejecimiento del vino influyen, más que los avances tecnológicos, la mano artesanal del bodeguero en la trasiega, en la colocación de las barricas, en el cuidado de su reposo y en la conservación de sus calados.

Esta es una de las principales diferencias de los vinos europeos con los de los países emergentes. Ellos poseen la tecnología y aplican los últimos descubrimientos enológicos, pero no cuentan con la base de la vitivinicultura europea: la tradición.

No hay que olvidar que el vino debe su prestigio a las prácticas de envejecimiento y que el factor humano, el trabajo de viticultores y vinicultores es esencial para obtener el vino.

Saberes, conocimientos y habilidades son las que han dado lugar a oficios, a personas capaces de elaborar vinos de calidad. Y son precisamente estos oficios los que impregnan la vida social y los que han generado, incluso, un vocabulario particular que trata al vino como una criatura viva.

Estos oficios, estos saberes, estas palabras y estos gestos se han transmitido de generación en generación y han dado lugar a eso que hoy conocemos como cultura del vino.

Vino definido como un producto de refinada calidad, que hunde sus raíces en el pasado, pero sin olvidar el presente y que, sin duda, tiene mucho futuro.

Ciencia, sociedad y arte están imbricadas en la vitivinicultura. No hay creación humana que simbolice mejor que el vino los ideales de amistad, concordia y celebración festiva.

La literaturatura ha dado muestra de ello. En ella aparecen innumerables referencias al vino. Y tal es así, que el primer poeta conocido en nuestra lengua, Gonzalo de Berceo, ya lo cita.

Gonzalo de Berceo, vinculado a los monasterios riojanos de San Millán donde aparecieron las primeras palabras en castellano, sólo esperaba, como recompensa a su labor literaria y de adoctrinamiento cristiano un vaso de vino:

Quiero fer una prosa en román paladino

en qual suele el pueblo fablar con so vecino,

ca non so tan letrado por fer otro latino,

bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

Pero no sólo Gonzalo de Berceo. También el escritor del siglo XIV el Arcipreste de Hita, en el Libro del Buen Amor, menciona el vino -en este caso, los peligros de su consumo-.

Confesó cuanto mal por el vino había hecho,

pronto fue ajusticiado, como era de derecho;

perdió el cuerpo y el alma el cuitado maltrecho,

en beber demasiado hay todo mal provecho.

Y, por citar algunos más, también aparecen referencias al vino en ALa Celestina@, donde se alaban las virtudes medicinales del vino; en el Lazarillo de Tormes y en el Quijote. Y también Bretón de los Herreros, Pío Baroja, Valle Inclán y Lope de Vega, entre tantos otros.

También en el arte existen, desde la antigüedad, evidencias del uso del vino en los banquetes funerarios, en las acuñaciones y mosaicos romanos, en lápidas funerarias, en cerámicas medievales e, incluso, en el arte islámico.

Numerosas construcciones románicas -iglesias y monasterios- representan en sus sus portadas el mundo del vino, al igual que la imaginería, relicarios, portadas y pinturas góticas.

Y existen evidencias también en edificios religiosos y retablos del renacimiento y del gótico. Por no hablar de los pintores de nuestro siglo o de los diseños de carteles.

Pero si en algo es evidente la influencia del vino es en el diseño de las bodegas. Hoy en día, las más afamadas recurren a arquitectos con prestigio mundial para que las diseñe.

Pero contamos con un gran legado de bodegas ibéricas, romanas, medievales, renacentistas, moriscas y modernistas; por no hablar de las bodegas de los conventos, las cuevas y lagares de la Edad Media o de los caserones-bodega andaluces de los siglos XVII y XVIII.

Precisamente, mucha de la publicidad actual del vino se basa en estos elementos diferenciadores. Desde la relación entre el vino y el arte; el vino y la literatura hasta aquella que utiliza, en anuncios y etiquetas, la propia imagen de la bodega.

La publicidad vitivinícola ha cambiado, al igual que el diseño de etiquetas y de anuncios en prensa. Antes de conservarlo en barricas y botellas, cuando el vino era un alimento perecero, su calidad y fama bastaban para darle salida.

Las principales formas de publicidad se centraban o bien en una rama de chopo colocada en la puerta del cosechero o bien a través de los bandos de los alguaciles.

Una vez que el vino se puede conservar, empieza la publicidad. Publicaciones y carteles fueron los primeros. Y los anuncios en prensa que llamaban la atención con palabras. Una publicidad básica que ha evolucionado hasta lo que hoy conocemos.

Bodegas, Consejos Reguladores, Administraciones... organizan campañas para promocionar el vino. Desde la publicidad en medios de comunicación convencionales, hasta la venta y la promoción por Internet, el diseño de las etiquetas e, incluso, de las bodegas pretenden atraer la atención sobre este alimento. Y, para ello, se utiliza la relación del vino con la salud y con la cultura.

Las manifestaciones artísticas, culturales y sociales del vino se deben a que el ha estado presente en el brote histórico de muchas culturas. Mesopotamia, el valle del Nilo, la conquista de la tierra prometida, la páginas de Homero, los diálogos de Platón, la Pascua cristiana, la literatura de los trovadores provenzales, los capiteles de los claustros góticos, las pinturas de Rúbens, de Tiziano, de Velázquez, de Poussin, entre otros, constituyen sólo una muestra.

Tanto es así, que, en la Grecia clásica, el vino se convirtió en un hecho de cultura y de civilización. Gracias al vino, reconocen los griegos, el hombre es el único animal que bebe sin tener sed, lo que constituye un acto distintivo de voluntad humana.

Todo ello ha dejado su impronta en una gran variedad de vinos, que, precisamente, es una de las mayores riquezas de Europa, de España. Esta variedad está ajustada -provocada, me atrevería a decir- a los paisajes y al carácter de sus pobladores. Debido a esa estrecha vinculación, el vino se ha fundido con las características paisajísticas y gastronómicas de su entorno.

El enoturismo, las rutas y recorridos vinculados al sector vitivinícola, sólo es una muestra de ello. Las visitas a las regiones están ligadas a los recorridos por sus viñedos y bodegas y, cómo no, a catar sus vinos. Porque hay vinos típicos, tradicionales y oriundos de cada zona.

Desde los vinos del Norte -esos vinos blancos gallegos, o esos verdes y suaves de Cantabria, Asturias o País Vasco-, hasta los del Sur, con esos vinos andaluces generosos. Pero también los de Cataluña, los de Aragón o, incluso, los de las islas Baleares y Canarias. Por no hablar de los vinos portugueses, franceses o italianos.

Pero si algún vino español es universalmente conocido es el de La Rioja. Con un Consejo Regulador casi centenario, esta región es heredera y cultivadora de los valores de la cultura del vino. El vino impregna la esencia del carácter de sus gentes, de su forma de relacionarse, de sus quehaceres cotidianos, de su ocio y de sus fiestas.

Para entender esta relación de La Rioja, de España, con el vino tenemos que hacer historia. Porque el cultivo de la vid en la Penísula Ibérica se remonta a hace tres mil años en Huelva. Los fenicios fueron los que introdujeron este cultivo en la zona costera malagueña y gaditana.

El hallazgo de ánforas fenicias, griegas, etruscas o púnicas en los puertos de las Baleares, del Levante o de Andalucía atestigua el notable comercio de vinos existente con los países vecinos.

Los romanos después popularizaron la vitivinicultura. Por una parte, las cerámicas datadas en esa época muestran que el cultivo de la vid ocupa extensas áreas geográficas.

Por otra, la documentación y los restos de antiguas bodegas avalan que la vinicultura tenía una notable importancia para la economía hispano-romana. La existencia de ánforas autóctonas y otras gálicas, itálicas o africanas acredita, además, un activo comercio vitivinícola con estos países.

En La Rioja, existe constancia del comercio de vino desde el año 700 antes de Cristo. Entonces, berones y pelendones, pueblos celtibéricos asentandos en la zona, vendían vino a los comerciantes en el faro de Bilibio, cerca de Haro. Incluso se sabe que, después, las galeras romanas llegaban hasta Varea, un barrio de Logroño, para recoger el vino riojano.

La vitivinicultura española pasa por una mala época en la Edad Media. Las invasiones germánicas devastan el viñedo y la conquista islámica prohíbe el consumo de vino, pero gracias a la labor de la monarquía y de los monasterios se recupera este sector agrario en España, sobre todo a lo largo del Camino de Santiago.

Y es en esta época cuando se constata la importancia del viñedo en la economía de La Rioja. Aunque muchos agricultores se arruinan en España por el aumento de los precios de los productos agrarios, La Rioja sufre menos esta crisis debido a la vid. En tiempos de los Reyes Católicos, abundaban las exportaciones de vino riojano, sobre todo a Flandes, Italia y Francia, y a otras zonas del país.

Además, de es época data el primer antecedente del Consejo Regulador: un grupo de cosecheros logroñeses elige un anagrama para los vinos con el fin de identificar los vinos y asegurar su calidad.

Ya en la Edad Moderna, la rápida expansión del viñedo provoca que las autoridades tomen medidas para limitar las plantaciones y aumentar la calidad. España exporta vino y adopta múltiples medidas para frenar la importación.

En La Rioja, aumenta la cantidad de viñas y la producción -debido a su rentabilidad-, pero también crece la preocupación de las instituciones por proteger la vitivinicultura. Es en 1676, bajo el reinado de Carlos II, cuando se promulgan las ordenanzas municipales de Logroño.

Estas ordenanzas, entre otros asuntos, fijan las fechas de la vendimia y los jornales de los vendimiadores para que no aumente el precio del vino; establecen medidas para incrementar el rendimiento de los obreros, y prohíben circular a los carruajes con aros o llantas de hierro en la zona de las bodegas, así como la entrada de vino de fuera de la jurisdicción y mezclar los vinos viejos y nuevos o los buenos y malos.

La decadencia económica general del siglo XVIII repercute en el viñedo. Los viticultores riojanos incrementan las producciones y las cosechas son abundantes, con lo que la calidad disminuye. A esta situación se añade la especulación con los precios y las importaciones de otros productos, ya que los agricultores riojanos estaban dedicados, casi en exclusiva, al cuidado de la vid.

Para paliar esta crisis, nace la Junta de Cosecheros de Vino de la Ciudad de Logroño. La intención: reagrupar toda la normativa sobre vitivinicultura y conseguir que se cumpla, elaborar vinos de calidad y crear infraestructuras para posibilitar las exportaciones.

Pero la crisis continúa hasta que se incorpora el método bordelés en la elaboración de los vinos y nace, a finales de siglo, la Sociedad de Cosecheros de La Rioja Castellana.

Esta sociedad está formada por la mayoría de los municipios, y, entre otros cometidos, se dedica a conseguir una calidad óptima de los vinos y a la reparación y creación de caminos y puentes. A finales de siglo, Cataluña, Álava y Burgos resultaban accesibles gracias a la labor de esta sociedad.

Pero es a principios del siglo XIX cuando la actividad vitivinícola se sitúa en límites parecidos a los actuales, sobre todo por la fuerte demanda francesa, que sufre, desde finales del siglo anterior, las plagas de mildiu y filoxera. Una vez que esta enfermedad entra en España unos años después, comienza la reconstrucción del viñedo, que lo convierte en lo que hoy conocemos.

El proceso de renovación de la vitivinicultura riojana se produce en en este siglo. El objetivo: competir con Burdeos. Para ello, se deben superar las prácticas antiguas en la elaboración de vinos y en la vendimia. Y es a mediados de siglo cuando se elaboran los primeros riojas modernos, gracias a la labor de Luciano de Murrieta.

A esta renovación de los vinos se une la creación de la Estación Enológica de Haro, el aumento de viñedo ante la crisis de otros cultivos y la creación de bodegas emblemáticas -Marqués de Murrieta, Rioja Alta, Paternina, Bodegas Riojanas, CVNE, entre otras-.

La aparición de la filoxera en Francia e Italia desde 1865, había hecho de los vinos riojanos uno de los más demandados. También había provocado que prestigiosos enólogos franceses se instalaran en La Rioja y que difundieran sus conocimientos en esa tierra.

Al final, en 1899, la plaga acaba por entrar en La Rioja. La filoxera devasta 36.000 hectáreas de las 50.000 existentes en La Rioja, con el consiguiente golpe para la economía riojana.

Las instituciones también tomaron medidas. Por citar algunas, obligaron a que las vides procedentes de Francia estuvieran acompañadas de un certificado de procedencia; se faculta a la Cámara Agraria y a la de Comercio para tomar muestras, y la Estación Enológica introduce los portainjertos americanos y estudia las variedades para asimilarlas a los injertos.

De entonces datan las prácticas culturales que hoy conocemos. Los nuevos portainjertos de vides americanas -inmunes a la enfermedad- provocan que los agricultores tengan que introducir cambios en el arado, la poda, el abonado..., que son la base de los actuales trabajos vitícolas.

Pese a la crisis económica y a la pérdida de población que origina la enfermedad, nace el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Rioja, en el primer cuarto de siglo. En 1902 se inician los trámites para crear una institución, ejemplo del desarrollo de los vinos de calidad tal y como hoy los conocemos.

Las Denominaciones de Origen, amparadas por el Estatuto del Vino de 1932 -y de las que luego hablaré-, se convierten, desde entonces, en el principal referente de los vinos de calidad, con una elaboración artesanal basada en técnicas que pasan de padres a hijos.

Pero además de ser parte de nuestra historia, el vino tiene un componente social. Desde lo que llamamos ir de "chiquiteo" por las tabernas hasta las reuniones en las bodegas o en las "sociedades gastronómicas".

Todos ellos, centros de relación social y de identificación de grupos de amigos y compañeros que tienen al vino como protagonista y como instrumento para la sociabilidad.

El vino impulsa la comunicación e interacción social de personas y permite que la fiesta emerja. Y de ahí la presencia ineludible del vino en las fiestas, muchas de las cuales tienen que ver, en su origen, con el ciclo agrícola relacionado con la vid y el vino: la vendimia, el pisado de la uva, los trasiegos, la apertura de la cuba, el vino nuevo, el vino viejo, etcétera.

Son fiestas que en su gran mayoría han sido cristianizadas. Pongo como ejemplo las hoy llamadas "Fiestas de la Vendimia Riojana", que coinciden con la festividad de San Mateo y que se celebran en Logroño a partir del día 20 de septiembre, fecha significativa donde las haya, pues señala el equinoccio de otoño, momento que en el calendario agrícola mediterráneo marca el tiempo de la vendimia.

Para acercar el vino y su cultura al público en general y para favorecer las relaciones sociales en torno al vino, el Gobierno de La Rioja organiza, desde hace siete años, el programa "El vino y los cinco sentidos".

El vino, como hemos visto, forma parte de los valores y de las manifestaciones culturales de La Rioja y el principal objetivo de "El vino y los cinco sentidos" consiste, precisamente, en difundir estas manifestaciones."El vino y los cinco sentidos" pretende profundizar en las raíces de La Rioja para hacer a todos partícipes activos -y no sólo pasivos- de su propia cultura.

Exposiciones, catas, concursos, conciertos... centran, cada mes de septiembre, el programa, coincidiendo, en parte, precisamente, con la Fiesta de la Vendimia Riojana.

De este modo, "El vino y los cinco sentidos" consigue el objetivo de que los riojanos puedan difundir sus valores y convertirse en embajadores de la cultura del vino -que es la de La Rioja-, en cualquier parte.

Cada una de las siete ediciones de "El vino y los cinco sentidos" celebradas hasta ahora ha abordado un tema diferente. La primera trató sobre los cinco sentidos, sobre las sensaciones que percibe cada uno de ellos en el vino; la segunda, sobre la elaboración tradicional, los orígenes, la historia y la tradición, y la tercera, sobre la comunicación y la publicidad, sobre la presencia del vino en los medios de comunicación.

Ya la cuarta abordó la cultura de la vid y el vino en los pueblos del Mediterráneo; la quinta, la internacionalización de la cultura del vino; la sexta, el vino y arquitectura, y la séptima, en "La Rioja Tierra de Vinos".

Precisamente es esta edición, la séptima, la que incluye actividades en Viena. Hasta el momento, "El vino y los 5 sentidos" ha estado presente en Alemania y en Francia, además de en las principales ciudades españolas.

Una de sus más curiosas iniciativas ha sido el diseño de la copa de Rioja. Copa que han podido observar estos días. Para ello, se convocó un concurso internacional. La Real Fábrica de Cristales de La Granja y la Fundación Nacional del Vidrio colaboraron en este concurso, junto con representantes del sector vitivinícola y expertos en arte y diseño.

El diseño de la copa está basado en los recipientes utilizados a lo largo de la historia para beber vino en La Rioja y, además, la copa es comercialmente versátil para su fabricación artesanal e industrial.

También cumple el objetivo de diferenciación, es innovadora, delicada y su diseño ofrece una imagen de calidad. Y además de reflejar la tradición vitivinícola de La Rioja, esta copa es las más adecuada para las características organolépticas de los vinos riojanos.

La copa de Rioja se ha presentado en Alemania, Francia, Finlandia, Gran Bretaña. Irlanda, México, Argentina, Suecia, Dinamarca, Italia y Portugal y en varias ciudades españolas.

Con ello pretendemos potenciar, aún más si cabe, el conocimiento del nuestro vino. Porque, no olvidemos, uno de los principales objetivos del concurso se centraba en conseguir una copa que potenciara las características organolépticas de nuestros vinos.

Además, la iniciativa de AEl vino y los cinco sentidos@ pretende perpetuarse en la memoria, tanto de los participantes como en la de las generaciones futuras. Para ello, se han editado las memorias de las exposiciones y varias obras sobre gastronomía, brindis, coplas y refranes.

Tal y como decía en la segunda edición de esta iniciativa con motivo de una conferencia del premio Nobel Camilo José Cela: Ael Rioja se canta, se refranea, se ensaya en estudios eruditos, se convierte en coplas y coplillas, adagios, proverbios, poesía o argumentos con los que filosofar en torno a la vida o la muerte, el amor o el desencuentro, la penuria o la riqueza o el mortal transcurrir de los días y las horas@.

El refranero, ese pregonero de la sabiduría popular, da cumplida cuenta de cómo los valores culturales, usos y normas de conducta en relación con el vino han sido bien asumidos.

Sus consejos van desde el que recomienda moderación diciendo "Que te rías del vino, bebe; que de ti se ría, déjalo", hasta el que reza "La verdad y el vino son buenos amigos", parafraseando el clásico "in vino veritas"; o "De persona beoda, no fíes tu bolsa; ni tampoco, por descontado, de quien el vino no ha probado".

Y lo mismo puede decirse de ese otro género poético apegado al vino que llamamos "brindis@, de las coplas populares o de las recetas tradicionales (la mayoría, unidas al vino). Porque el vino forma parte de la saludable dieta mediterránea. Es un componente imprescindible tanto para acompañar las comidas como para formar parte de ellas.

Cómo no. El vino también está presente en la música. Existen múltiples composiciones tradicionales dedicadas al vino, a sus delicias y a sus efectos. Coplas, canciones de trabajo, romances, cantos de bodas hacen referencia a los momentos y lugares de la bebida de vino, a la formas de elaboración, a los actos en los que el vino era imprescindible. En definitiva, a una forma de vida. Pero si estaba presente en la música, también en la danza, en las populares jotas.

Y para dejar constancia de todo ello, AEl vino y los 5 sentidos@ ha editado varias publicaciones y CDs, que pueden observarse estos días, durante la exposición del Vienna Art Center.

Como decía Camilo José Cela en su intervención antes citada en la segunda edición de "El Vino y los 5 sentidos": "Necesitamos recebar la salud del alma y del cuerpo y es sabio que, para conseguirlo, volvamos la vista atrás (...) El buen vino alegra el corazón del hombre".

Y tenemos que volver la vista atrás porque ninguna otra época como la griega ha unido, con tanta riqueza de matices y de aspectos, el consumo del vino con la multiforme cultura del espíritu: la amistad, el amor, la poesía, la política, el humor, la danza, la música, el teatro...

Los griegos eran sabedores de los peligros del vino, de su poder transformador, que simbolizaron en los mitos relacionados con Dioniso, las bacantes y sus bacanales.

Había que impulsar un uso "civilizado" de ese don. "Me permito suponer que al amante del vino, no al esclavo del vino, ni le pesa la vida ni la entiende como una desventura sino, antes bien, como una bendición que le permite seguir viviendo y, si se tercia, bebiendo alguna que otra copa de vez en cuando", resumía Cela en su conferencia.

Y los griegos "civilizan" al frenético dios convirtiéndolo en dios del teatro y de la máscara. E idean para el vino una forma civilizada de beberlo, al promover que esta bebida divina se consuma siempre en compañía con otros y de acuerdo con unos ritos y unos objetivos bien establecidos.

Para ello instituyeron el symposio (término que justamente significa "beber en compañía"), el marco en que con el vino se lograba la inspiración suficiente para conversar sobre todo lo que fuera digno de saberse o para dedicarse sanamente a otras actividades más lúdicas.

Hay abundancia de referencias a este marco de celebración tanto en la cultura griega como en la romana y en todas aquellas que fueron romanizadas, lo que asegura una larga y amplia difusión de esta base simbólica.

Baste recordar que el significado que en nuestras lenguas ha quedado para el término "simposio" alude al intercambio de saberes, derivado de la conversación inteligente, sana y amena.

En torno al vino, que podía actuar como veneno o como medicina, se generan, entonces, una serie de ritos y usos que persiguen convertirlo en mediador de los buenos sentimientos, de la sociabilidad y de la camaradería.

De forma que aquellos que llegan a un comportamiento antisocial por no haber usado bien el vino están mal considerados. Pues el vino no nos debe alejar, sino acercar al otro e incitarnos a la verdadera amistad. El vino fomenta y favorece la comunicación social.

Quiero dejar presente también que la relación entre el vino y la salud no se ha establecido ahora. Los tintos y los blancos aparecen entre los remedios de la Edad Media y, en general, ha formado parte de las fórmulas farmacéuticas.

Los peregrinos, en su camino hacia Santiago, reciben en los albergues, desde hace siglos, la comida siempre acompañada de vino, por su valor nutritivo y reconstituyente.

En la actualidad, la Asamblea de las Regiones Europeas Vitivinícolas, presidida por La Rioja, divulga los beneficios para la salud del consumo moderado de vino. Para ello, en sus reuniones trata sobre la influencia del vino en la prevención de las enfermedades.

Precisamente, frente a lo que sucede con el consumo de otras bebidas alcohólicas, es infrecuente que el beber vino tenga como objetivo perder la conciencia del mundo y aislarse de los demás e incluso de uno mismo.

Según el patrón cultural mediterráneo, beber vino constituye un acto esencialmente social que sirve para establecer conexiones de grupo y favorecer el descanso en las tensiones sociales.

Ello explicaría la proliferación en todos los pueblos vitivinícolas de bodegones, tabernas y tascas, que no son propiamente lugares para beber, sino que constituyen centros de relación social, de intercomunicación personal a través de la conversación promovida y favorecida por el vino.

La pintura costumbrista y los grabados de los relatos de viajeros (como los de Gustave Doré) dan cumplido testimonio del papel que desempeñaban las tabernas, de la presencia del vino en lo extraordinario o lo cotidiano, en la faena o en el descanso.

El consumo del vino se ha visto afectado, desde luego, por los cambios que la moda ha impuesto al gusto y al comportamiento social de las gentes.

Sin embargo, continúa teniendo un lugar irreemplazable en múltiples actividades sociales, desde la convivencia ordinaria a los negocios, ferias, congresos, inauguraciones y todo tipo de actos o celebraciones públicas o privadas.

Así pues, en un momento como el actual en el que se concede al alcohol de alta graduación -entiéndase, güisqui, ginebra y demás- el valor social que nunca ha tenido en nuestro universo cultural, es de vital importancia que conozcamos el vino en términos culturales y nos acerquemos a los aspectos que lo han determinado como un elemento unido a la historia de nuestra civilización.

Sea cual sea el origen geográfico de los hombres, el vino es un punto de encuentro, un lugar común; porque el vino incita al diálogo, propicia la confidencia, deshace inhibiciones, facilita la relación, hace el lenguaje más libre, e invita a compartir mesa y sentimientos.

La viticultura, en definitiva, influye en la sociedad, en las manifestaciones artísticas, en el folclore y en el desarrollo económico. Por ello, tal y como decía antes, es necesario proteger este alimento, diferenciarlo del resto de alcoholes y, en muchos casos, defender su vinculación con el origen.

Un instrumento para ello son las Denominaciones de Origen. Mediante este sistema de protección, Europa protege un alimento, el vino, que cuenta con identidad propia. Con su protección bajo un distintivo de calidad se reconoce no sólo un bien económico, sino un bien social y cultural.

Es en este punto, como he dicho antes, radica la principal diferencia de nuestros vinos con los vinos de los países emergentes. Esos países disponen de la técnica para fabricar el vino pero no cuentan con algo, a mi entender, básico: la cultura del vino.

En estos mercados cada vez más abiertos, los vinos europeos compiten con países que, en muchos casos, ofrecen precios más asequibles. Pero los consumidores, cada vez más, demandamos productos de calidad ligados a la tierra. Productos elaborados de forma artesanal y que, a la postre, garanticen su procedencia. Asimismo, la seguridad alimentaria preocupa cada día más.

Los vinos protegidos por una Denominación de Origen ofrecen mayores garantías al consumidor porque han pasado por controles más estrictos. En definitiva, las Denominaciones de Origen cubren las demandas sociales basadas en la calidad y la seguridad alimentaria.

Y todo esto repercute en el desarrollo rural. Porque los agricultores ven cómo los alimentos y las bebidas protegidas, los ligados a lugar determinado, están mejor posicionados en los mercados. De este modo, se incrementan sus rentas y se retiene a la población en las zonas desfavorecidas.

Para que el consumidor identifique estos productos y pueda elegirlos necesitamos promoción. Promoción, por una parte, para difundir la cultura del vino y, por otra, para que conozcan los distintivos de calidad, las etiquetas.

Para no confundir a los consumidores, para que sepan realmente qué compran, deben existir una reglas, una protección efectiva de estos productos.

Y contamos con una baza importante. Ya he citado antes que los consumidores cada vez son más exigentes, conocen más el mundo del vino y quieren acercarse a él.

Las informaciones cada vez más frecuentes en los medios de comunicación, la promoción realizada por los Consejos Reguladores y las bodegas, y, cómo no, Internet han extendido la cultura del vino por todo el mundo.

A ello se unen los cursos de cata, las enotecas, los museos del vino, la enoterapia, la vinculación del vino con la salud y la dieta mediterránea... En definitiva, todo un mundo al alcance de unos consumidores ávidos por impregnarse de unos conocimientos que sólo los países tradicionalmente vitivinícolas pueden ofrecerle.

Por ello, pese a que países como Japón, Estados Unidos o Australia se oponen a que exista un control, unas reglas, luchamos porque la Organización Mundial del Comercio reconozca los distintivos de calidad y su regulación. Si continúan proliferando signos nacionales, regionales y locales que, en realidad, no ofrecen garantías, sólo conseguiremos desprestigiar los productos como nuestros vinos.

No hay que olvidar que en la defensa de la calidad está el sustrato de las Denominaciones de Origen. Y que esta preocupación ya se constaba en el siglo XVI, cuando, tal y como he citado antes, un grupo de cosecheros riojanos eligieron un anagrama para sus vinos.

De este modo, al igual que hoy, se pretendía asegurar su autenticidad y calidad. Ahí está el primer precedente de nuestra Denominación de Origen, la más antigua de España.

En esta línea trabajamos en La Rioja, en España y en la Asamblea de Regiones Vitivinícolas Europeas: en la defensa de la calidad y la autenticidad. Pero, aunque el fondo es el mismo, las Denominaciones de Origen evolucionan. Nada tiene que ver el anagrama del siglo XVI con las actuales etiquetas del Rioja. Y nada tiene que ver el mercado de entonces con el actual.

El sistema vitivinícola europeo tiene que hacer frente a las nuevas tendencias, al mercado globalizado, a las nuevas demandas de los consumidores y, al igual que hemos hecho hasta ahora, saber atenderlas.

Sin olvidar, no obstante, que este sistema está basado en una tradición de siglos, en unos métodos de elaboración unidos a los últimos avances tecnológicos.

El reto está en saber defender nuestra idiosincrasia frente a países terceros. Y para ello, repito, es imprescindible conocer, respetar y difundir la cultura de vino.

Muchas gracias

JAVIER ERRO - CONSEJERO DE AGRICULTURA, GANADERÍA Y DESARROLLO RURAL