18 de julio de 2011

Excmo. Señor Consejero de Presidencia y Justicia,
Excmo. Rector Magnífico de la Universidad de La Rioja,
Presidente y miembros de la Sociedad Española e Estudios Clásicos
Representantes de comunidades autónomas,
Responsables de Departamentos de Cualificaciones,
Representantes de los agentes económicos y sociales,
Profesores y alumnos,
Señoras y señores:

Es para mí y para mi Gobierno motivo de gran satisfacción que este décimo tercer Congreso Español de Estudios Clásicos se celebre en La Rioja, en las ciudades de Logroño y de Calahorra, y en esta universidad a la que incluso en estos tiempos de crisis cuidamos tanto como podemos, porque estamos convencidos de que es uno de los más imprescindibles y sólidos componentes en la constante construcción de la sociedad riojana. Es casi un lugar común decir que La Rioja es tierra de acogida, pero como muchos lugares comunes, la expresión encierra mucho de verdad: considérense todos ustedes, pues, bienvenidos a La Rioja y acogidos con el mayor de los calores que los riojanos podamos darles.

El acontecimiento que hoy inauguramos es, por varias razones, un evento de gran relevancia. Se trata de un congreso que alcanza ya su edición número trece, que no son pocas; si pensamos que se celebra cada cuatro años, nos habla de una Sociedad, la Española de Estudios Clásicos, con más de cuarenta años de historia. En efecto, fue fundada, si no me equivoco, en 1954 y no les voy a hacer ahora confesiones de edad, pero la Sociedad Española de Estudios Clásicos y yo somos, por decirlo así, casi de la misma quinta; y por las edades que veo entre el público, muchos de los aquí presentes nacieron cuando esta Sociedad ya llevaba unos cuantos años de andadura.

Son varias, pues, las generaciones de estudiosos del mundo clásico que han formado parte de ella y que han contribuido notablemente al último medio siglo y un poco más de la vida cultural, académica y científica de España, desde la universidad y desde la enseñanza secundaria.

Precisamente, pocos ámbitos han preocupado tanto a este Gobierno como el de la educación. Hemos realizado en él un gran esfuerzo que ha dado sus resultados, de los que sin alarde pero también sin falsa modestia hemos de decir que han sido razonablemente satisfactorios (son conocidas las cifras de las distintas evaluaciones a las que se ha sometido el sistema educativo riojano, que sale en ellas entre los mejor parados de España). Ello, por supuesto, nos da ánimos para continuar sin descanso en el camino de unas mejoras para las que siempre hay lugar y ganas. En tiempos en los que la situación económica es lo adversa que es, la educación es materia de especial atención por parte del Gobierno. El consejero de Educación, Cultura y Turismo, justamente, ha declarado estos días que se propone como meta que los riojanos disfruten del mejor sistema educativo posible, porque esa es una de las vías, acaso la más importante, para proporcionar a los riojanos los instrumentos que les permitan afrontar el futuro en las mejores condiciones.

En efecto, es la educación la que ha de preparar a los estudiantes para el mundo laboral, algo en lo que este Gobierno siempre se ha empeñado y en lo que se realiza un esfuerzo constante de adaptación. No obstante, y sin perder nunca de vista el objetivo de la inserción laboral, de esa ‘empleabilidad’ que, con razón, tanto se cita hoy en día, somos plenamente conscientes de que la educación no es solo –no puede serlo– para el trabajo.

No se trata de formar únicamente profesionales, sino también ciudadanos y, aunque pueda sonar un poco grandilocuente, hombres y mujeres libres. En esa misión tienen reservado un papel destacado las humanidades, y las humanidades son inconcebibles sin las raíces de las que brotan, sin los cimientos en que se apoyan, sin las manifestaciones culturales de todo tipo que componen el mundo clásico grecolatino a cuyo estudio se dedica esta Sociedad.

Ahora bien, como puede comprobar cualquiera que se acerque a las actividades de esta sociedad y a este congreso en particular, y por seguir con la imagen del árbol o del edificio, el mundo clásico es también piedra angular y ornamento de la cultura actual, y puede actuar, y de hecho actúa, como savia renovadora de nuestro momento presente.

La cultura clásica no es solo un conjunto de elementos estáticos ya conocidos sobre los que nada se puede añadir; al contrario, el presente está también compuesto por cómo concebimos nuestro pasado; quiénes somos hoy depende de cómo nos contamos a nosotros mismos cómo fueron los antepasados de quienes queremos ser herederos. Por ello, la vitalidad que muestra este congreso, con sus varios cientos de estudiosos que se reunirán aquí durante los próximos días, es señal de la vigencia constante de los ideales y de los valores acuñados en el mundo antiguo, a los que volvemos una y otra vez, sin que nos decepcionen, en busca de respuestas y de nuevas maneras de formular las preguntas de siempre.

Y es que cualquier ciudadano europeo que aspire a serlo de verdad ha de tener contacto con sus raíces, ha de tener cerca a alguien que le proporcione el relato de aquel pasado formulado desde el punto de vista de hoy, y esa función, que agradecemos toda la sociedad, es la que llevan a cabo ustedes.

Como educador que fui en su día (la educación, más que una dedicación profesional, es una vocación que deja en uno huella e intereses duraderos), y también como riojano con curiosidad por el propio patrimonio cultural, me he asomado alguna vez a la obra de Quintiliano (la conocida Institutio oratoria o Formación del orador). Lo que recuerdo haber encontrado más atractivo en ella, lo que más me ha dado que pensar después, han sido los pasajes del libro primero en los que Quintiliano describe los pasos a seguir en la educación del niño de pocos años.

En varios de esos pasajes, como ustedes ya saben, Quintiliano propone fórmulas educativas innovadoras o que se apartaban del uso más extendido en su época (educación bilingüe, comienzo del proceso en edades tempranas, introducción de dimensiones lúdicas en el aprendizaje, etc.). Pero más allá de esto, lo que me interesa subrayar es que en esas mismas páginas Quintiliano propone, explícitamente, un ideal educativo. Un ideal que, según reconoce el propio Quintiliano, acaso no sea del todo alcanzable, pero que ha de tenerse siempre como referente a la hora de poner en marcha el proceso educativo y de aplicarlo a los estudiantes.

En ese ideal se aúnan lo que hoy llamamos ‘contenidos’ junto con valores morales; de lo que se trata para Quintiliano es, como acabo de decir, de formar ciudadanos completos que no sólo dominen una serie de materias y de destrezas, sino que estén dotados de un sentido ético que les permita participar en la vida pública y aportar a la misma contribuciones valiosas. Es un ideal, lógicamente, fácil de asumir hoy en día pero difícil de aplicar.

Congresos como este muestran que son muchos y muy activos quienes se comprometen a perseverar en esa tarea de formar ciudadanos libres, en este caso a través del estudio, la transmisión y la enseñanza de un legado que nos pertenece a todos y del que nadie debería ser privado. Enhorabuena por ello al Presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos y a todos sus socios.

Con la seguridad de que los próximos días serán fructíferos en lo académico y en lo humano, declaro inaugurado este congreso.


Pedro Sanz Alonso, Presidente de la Comunidad Autónoma de La Rioja