27 de noviembre de 2007

Buenos días.

Deseo, en primer lugar, agradecer su presencia y atención, así como la oportunidad que me brindan de exponer cuál es la postura de La Rioja ante el proyecto de reforma de la OCM del Vino y explicar por qué nos oponemos a algunas de las medidas que dicha reforma propone.

Les hablo como Presidente de la Comunidad Autónoma de La Rioja, pero créanme que en mi exposición voy a recoger el sentir de decenas y decenas de regiones europeas que, desde antiguo, hemos apostado por el modelo europeo de denominaciones de origen. Un modelo de calidad que es fuente de progreso económico, pero también de identidad, de cultura, de ordenación del territorio, de conservación del medio ambiente y de fijación de población en nuestro medio rural.

Es un modelo que se ha revelado exitoso, que ha conseguido un equilibrio óptimo entre producción y comercialización, que es garantía de calidad ante los consumidores y que constituye, por su prestigio, la mayor fortaleza de Europa para luchar contra nuestros competidores y ganar progresivamente cuotas de mercado, tanto en los escenarios exteriores como dentro de la UE.

Pues bien, de aprobarse la reforma de la OCM del Vino en los términos en los que ésta ha sido planteada, el modelo europeo de calidad, que debería ser nuestro principal estandarte, y las regiones que nos identificamos con él seríamos los grandes perjudicados, con la amenaza de poner en peligro todo los que este modelo lleva implícito de identidad cultural europea.

No interpreten mi postura como una postura inmovilista. Todo lo contrario. Parto de la idea de que es necesario modificar la actual OCM del Vino, pero su propuesta de reforma no sólo no resuelve los problemas del sector, sino que en algunos casos los agrava.

Es necesario reformar la OCM porque, verdaderamente, vivimos una situación de crisis en el sector vitivinícola europeo, que se ve reflejada en la pérdida de cuota de mercado, en las dificultades para exportar y en una producción en algunos casos excesiva, lo que se traduce en la situación excedentaria que padecemos. Salvo excepciones, como es el caso del Rioja, no existe el equilibrio deseado entre oferta y demanda.

Debemos ganar en competitividad. Este es nuestro reto y nuestra obligación más urgente. Ahora bien, estoy convencido de que no lo vamos a lograr renunciando a nuestro modelo europeo de vitivinicultura de calidad.

Creo sinceramente que las intenciones de la Comisión Europea son buenas, pero no así su diagnóstico de la situación ni las propuestas que plantea. Y es que se olvida, en lo que es un grave error como punto de partida, de que son precisamente las zonas donde se ha desarrollado el modelo europeo de denominaciones de origen las más competitivas de todas, las que más incrementan año tras año sus ventas y las que más riqueza y bienestar generan en sus respectivos territorios.

Para ilustrarles esta afirmación, permítanme que les hable de mi tierra, de La Rioja. Si a comienzos de la década de los años 90 comercializábamos 100 millones de litros, este año vamos a superar los 267 millones de litros, casi el triple.

Y ello es debido a la planificación que hemos llevado a cabo. Una planificación seria y rigurosa en todos los niveles.

- En la producción, con la profesionalización de los agricultores, con el mejor cuidado de la viña, con la búsqueda de la calidad en la materia prima y con el perfeccionamiento de los sistemas de producción.

- En la elaboración y comercialización, con mejoras tecnológicas en el procesado, con la adaptación a las nuevas tecnologías sin olvidar la base se nuestra tradición vitivinícola y con la adaptación a los mercados.

- Y en la organización y funcionamiento, a través del Consejo Regulador y de la Interprofesional del Vino de Rioja, órganos de planificación y regulación donde está representado todo el sector riojano.

Todo ello basado, además, en la autorregulación del sector, en el control estricto de la producción y la elaboración y en la mejora continua de la calidad de nuestros vinos.

Eso es lo que hemos hecho en La Rioja: apostar por el modelo europeo y la tradición vitivinícola elevados a la máxima expresión, sin perder de vista los mercados. En definitiva, producir para comercializar.

Esta aspiración (producir para comercializar), que parece consagrar la exposición de motivos de la nueva OCM, no encuentra sin embargo amparo y apoyo en el texto articulado. Un texto que pretende elevar la competitividad del sector vitivinícola europeo asumiendo los principios de las nuevas culturas vitivinícolas, menospreciando nuestro modelo de denominaciones de origen. Un menosprecio muy peligroso para nuestros intereses. Y, si me permiten decirlo así, también un disparate. ¿O es que no parece un disparate olvidar precisamente aquello que más nos diferencia de las nuevas zonas productoras, renunciando a esa tradición vitivinícola que nos ofrece la singularidad de la que otros carecen, y, por tanto, competitividad?

Es preciso recordar hoy y aquí que la UE es el principal mercado del vino del mundo. Pues bien, resulta cuando menos chocante que para competir en él pretendamos ponernos a la altura de las nuevas zonas productoras, zonas que, por cierto, ya están comenzando a vivir situaciones de crisis.

Creo que coincidirán conmigo en que parecería más lógico dirigir la mirada hacia las regiones europeas que están triunfando y reproducir su modelo, que no es otro que el modelo de denominaciones de origen.

Pues, aunque resulte inconcebible, no es éste el pensamiento de la Comisión Europea. De tal modo que, de salir adelante la reforma de la OCM en los términos en los que la ha planteado, las zonas que más y mejor han trabajado y que están teniendo más éxito podrían ser las más perjudicadas.

Las zonas en las que ya existe un adecuado equilibrio entre oferta y demanda, que están creciendo de manera sostenida y sostenible, pueden quebrar si se aplican de forma indiscriminada principios como la liberalización de plantaciones, que causaría justo el efecto contrario al buscado teóricamente por la Comisión. Además, se produciría una alteración del equilibrio oferta-demanda y, con ello, la alteración de un modelo socioeconómico que asegura mejor que ninguna otra política el afianzamiento del medio rural.

Del mismo modo, nos oponemos a la simplificación de las reglas de etiquetado, porque creemos que el consumidor debe saber si está consumiendo un vino de mesa o uno con denominación de origen.

De otro lado, reclamamos un impulso a la promoción de los vinos europeos, tanto en el exterior como dentro de la UE, divulgando las cualidades saludables de un consumo moderado y regular del vino.

Creo, y así se lo traslado a ustedes, que merece la pena realizar un análisis previo de estas cuestiones y al menos garantizar las condiciones para que aquellas regiones competitivas, con crecimientos sostenidos de la demanda y adecuados equilibrios no sean perjudicadas por esta reforma. que persigue que el sector vitivinícola europeo alcance la posición que estas regiones ya han alcanzado. Parece algo lógico, ¿no creen?

Por eso les traslado estas ideas para su consideración.

Les he dicho al principio que, en mi exposición, iba a tratar de recoger la sensibilidad de decenas de regiones europeas que han contribuido a dotar de prestigio el modelo europeo de denominaciones de origen, un modelo de calidad y de prestigio en el mundo.

Creo que lo he logrado. El planteamiento que les he ofrecido fue el mismo que defendí, el pasado 4 de diciembre en Rumanía, ante el Consejo Internacional de la AREV; y el 2 de octubre ante el Intergrupo Vino del Comité de las Regiones. En ambos foros obtuve el respaldo más absoluto a estas tesis y a la necesidad de un replanteamiento de la reforma de la OCM del Vino. Y es que todas las regiones en estos foros representadas sabemos que, para ser competitivos, hay que potenciar, y no debilitar, el modelo de calidad europeo. No se trata de una teoría, sino de algo que venimos demostrando día a día.

Ténganlo en cuenta, por favor. Muchas gracias.

Pedro Sanz - Presidente de la Comunidad de La Rioja