4 de mayo de 2000

Señoras, señores

En primer lugar, felicitar a las denominaciones de origen de Borgoña, Burdeos, Coñac, Jérez, Oporto y Rioja por su unión en defensa de la cultura, de la tradición y del desarrollo de la vitivinicultura. Ya Estrabón, en el siglo I antes de Cristo, utilizaba el cultivo de la vid para determinar el grado de habitabilidad de una región: las mejores tierras para vivir son las aptas para criar viñedo, decía. Dos siglos después, Tácito afirmaba que donde acababa el vino terminaba la cultura. Sólo son dos muestras de que el vino representa una unidad cultural, con identidad propia y con historia. Su protección es, pues, una exigencia, porque el vino tiene identidad propia, tiene historia.

Pero además del reconocimiento del acervo cultural, la protección del vino, de cualquier producto, cuenta con una vertiente social. Desde dos puntos de vista. En primer lugar, atiende las demandas sociales. Porque los consumidores, que somos todos, elegimos el producto por su origen, origen que asegura una elaboración determinada, basada en la tradición. También la seguridad alimentaria nos preocupa cada vez más; es un factor importante a la hora de adquirir un alimento, un vino. Y el consumidor confía en productos como los nuestros, que han pasado un doble control.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, las denominaciones de origen hacen los productos más competitivos. Están mejor posicionados en los mercados. Y de esta manera, se incrementan las rentas de los productores: se detiene el proceso de abandono de las zonas rurales desfavorecidas. Los productos con denominaciones de origen, pues, constituyen uno de los pilares del desarrollo rural de nuestras regiones.

Los beneficios son claros. A pesar de la creciente demanda, no podemos olvidar la política de promoción. Las demandas del consumidor cada vez son más severas. Es necesario que los consumidores distingan las etiquetas. Que conozcan la cultura del vino, la calidad que ofrecemos... Todo lo que implica que una botella lleve nuestros distintivos.

Tenemos que conseguir también que el comercio mundial reconozca los beneficios de estas protecciones. No hay que olvidar que países como Japón o Estados Unidos se oponen sistemáticamente, en la Organización Mundial del Comercio, a una protección efectiva de los productos con un distintivo de calidad. Y un sistema de diferenciación sin reglas, sin un control, sería inservible. Productos diferentes con el mismo nombre crearían errores entre los consumidores. Ahora existen, además, numerosas marcas de calidad, de signos nacionales, regionales y locales, que no ofrecen garantías, que, con una competencia desleal, desprestigian a los productos que sí las poseen.

Creo que para evitar estas situaciones, para defender la tradición de la vid y el vino, el desarrollo de nuestras regiones, nuestra cultura tenemos que estar unidos. Por ello, reitero mis felicitaciones a esta iniciativa, iniciativa que defiende los valores tradicionales vitivinícolas, que promueve la protección y la evolución del viñedo tradicional, y que difunde las características de las denominaciones de origen, su papel como factor de integración social.

Seguro de que estas jornadas redundarán en beneficio del sector, declaro inaugurado el Foro de Denominaciones de Origen Históricas,

Gracias

JAVIER ERRO - CONSEJERO DE AGRICULTURA, GANADERÍA Y DESARROLLO RURAL