9 de noviembre de 2004

Instituto Cervantes de Budapest (Hungría), 9 de noviembre de 2004

Excmo. Sr. Embajador,

Director del Instituto Cervantes,

Señoras y Señores,

Queridos Amigos:

Deseo que este encuentro que hoy nos convoca en el Instituto Cervantes de Budapest sea, sobre todo y antes que nada, un acto de amistad entre dos pueblos fraternales y una celebración en torno a un idioma al que ustedes tan ligados están afectivamente y que en mí despierta el mayor de los orgullos, por haber sido en mi tierra, en La Rioja, donde se escribieron las primeras palabras de este español que actualmente hablamos más de 400 millones de personas en todo el mundo.

Sean, por tanto, mis primeras palabras de caluroso agradecimiento hacia todos ustedes, no sólo por su hospitalaria acogida y por su presencia, sin duda estimulante, sino por la ejemplar, diaria y esforzada labor que llevan a cabo, en universidades y otros centros de enseñanza, para fomentar y difundir el conocimiento de nuestra lengua en Hungría, propiciando así el abrazo de dos culturas que son el exponente de la mejor tradición ilustrada y que enriquecen el patrimonio sobre el que se asienta la identidad de la Europa actual.

Deseo, igualmente, felicitar al Instituto Cervantes por esta bella sede que ha inaugurado hace escasamente dos meses en esta ciudad tan sobrada de atractivos y cuna de ilustres artistas y orfebres de la lengua, como Imre Kertesz, Premio Nobel de Literatura de 2002; un Instituto que representa la más fiel expresión del deseo de España de estrechar lazos con este país con el que nos hemos reencontrado después de décadas de avatares políticos por todos conocidos y con el que compartimos un proyecto de futuro en común tras su incorporación, este mismo año, a la Unión Europea, culminando así un proceso en el que siempre ha hallado el aliento y la compañía de mi país.

"La lengua y la cultura constituyen un vehículo extraordinario para el mayor acercamiento y mejor conocimiento recíproco de nuestros pueblos, y resultan claves para el ulterior y más sólido desarrollo de nuestras relaciones bilaterales en todos los campos".

Son palabras pronunciadas aquí mismo, en el Instituto Cervantes, el pasado 8 de septiembre, día de su apertura oficial, por Su Alteza Real el Príncipe de Asturias.

Palabras que asumo como propias, y que reitero en el acto de hoy, porque resumen con acierto la verdadera grandeza de una lengua.

De una lengua, como la española, que no sólo es el fruto más depurado y escogido de nuestra cultura milenaria, sino que resume, con su amplia gama de matices, la historia, las costumbres, el carácter y hasta el alma misma de la comunidad hispanohablante, un alma con la vocación decidida de ser compartida, vivida y disfrutada.

Y es que conocer el español es conocer a los españoles, su pasado, su presente y sus aspiraciones de futuro.

Es adentrarse en una senda que conduce hacia una realidad de la que forman parte más de 400 millones de personas de más de 20 países en todo el mundo.

Es arribar, tras salvar el Atlántico, al inmenso continente americano, crisol de culturas, de razas y de pueblos, para descubrir, como enfatizaba Miguel de Unamuno, que el español "es un lenguaje de blancos y de indios, de negros, de mestizos y de mulatos; un lenguaje de cristianos católicos y no católicos; de no cristianos y de ateos".

Para descubrir, en definitiva, que el español es un idioma poroso, evolutivo y con vocación universal; un idioma que ha sido fecundado por las diversas lenguas y dialectos con los que ha entrado en contacto a lo largo de la historia hasta hacerse más grande, más rico y más plural.

De tal suerte que las palabras españolas, según decía el genial Pablo Neruda, "tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelo; tienen todo lo que se les ha ido agregando de tanto transmigrar de patria".

Ha sido, por tanto, el rodar del tiempo, el rodar de país en país, de patria en patria, lo que ha hecho del español lo que actualmente es, pero sobre todo su expansión se explica porque el español ha sido desde siempre una lengua de encuentro y no de distanciamiento, de diálogo y no de confrontación; ha sido una lengua que ha portado en lo más profundo de su ser la semilla del progreso, de la amistad y del porvenir.

De ahí que ahora, en los albores del siglo XXI y recién iniciado el tercer milenio, el español no sólo sea la liga más fuerte y el principal elemento vertebrador de la comunidad hispanohablante, sino que se ha convertido en una de las dos o tres lenguas privilegiadas que desempeñan un papel de relación internacional.

Hablar en español es tener garantizada la comunicación con millones y millones de personas en los cinco continentes, con todo lo que ello supone de relaciones e intercambios en todos los ámbitos. Es participar de sus sueños, de sus deseos, de sus proyectos y de su segura amistad. Es establecer contacto con el Nuevo Mundo, con Latinoamérica y también con Estados Unidos, que cuenta con una colonia de hispanohablantes de 35 millones de personas, lo que convierte al español en la segunda lengua en número e importancia de este colosal país.

Y eso nos enorgullece a los hispanohablantes y nos llena de honda satisfacción a los riojanos.

Y es que, como me agrada recordar siempre que se me brinda la ocasión, fue en mi tierra, en los monasterios de San Millán de la Cogolla, el de Suso y el de Yuso, donde hace más de mil años unos monjes escribieron las primeras palabras en romance, en el español más primigenio, lo que ha supuesto el reconocimiento de la Unesco, que ha distinguido a estos simbólicos lugares con el título de Patrimonio de la Humanidad.

Este acontecimiento, al que se une la realidad de que fue también en San Millán de la Cogolla, en el monasterio de Suso, donde escribió sus obras el primer poeta en lengua española conocido, Gonzalo de Berceo, no deja de tener una trascendencia que todos ustedes reconocen y que sorprende a aquellos que tienen noticia de ella por primera vez.

Y es que me atrevería a afirmar sin temor a equivocarme que no existe en el mundo ningún idioma del calibre de nuestra lengua que pueda exhibir, como el español, su acta de nacimiento.

Un acta de nacimiento que tiene nombre y fecha.

El nombre: las Glosas Emilianenses, que hoy donamos, en edición facsímil, al Instituto Cervantes de Budapest, junto a otras publicaciones de temáticas y autores riojanos.

Y la fecha: a finales del siglo X, cuando los monasterios de San Millán de la Cogolla eran un foco de irradiación de cultura medieval reconocidos y admirados por la calidad de sus escritorios, unos escritorios donde se iluminaban y copiaban los códices latinos más célebres de la época.

Donde se copiaban no textualmente, sino agregando en los márgenes, para hacerlos comprensibles, anotaciones y palabras que eran utilizadas por el pueblo llano, poco familiarizado para esas fechas con el latín heredado del Imperio Romano.

Nos hallamos en el siglo X, cuando la Península Ibérica se encontraba bajo el dominio musulmán, con pequeños focos de resistencia de los que habría de partir la Reconquista y la posterior unificación de España.

En esos momentos, Suso, situado en la difusa e inestable frontera entre cristianos y musulmanes, era uno de los cenobios más activos en la divulgación de la cultura.

Los orígenes de este monasterio se remontan a los siglos Cinco y Seis, en torno a un eremita de nombre Millán, nacido en la vecina localidad de Berceo, que se retiró a los montes para orar en silencio. La comunidad religiosa que se agrupó en torno a su figura y a su testamento religioso, y que vivía en cuevas rupestres horadadas en la roca, fue la que dio origen a este monasterio, cuya construcción física se inició en el siglo VI y concluyó en el XI, por lo que amalgama influencias artísticas de las culturas visigótica, mozárabe y románica.

Y fue en ese monasterio, en el de Suso, donde, a finales del siglo X, aparece ese monje, ese amanuense de nombre desconocido, que, al copiar los textos latinos, una lengua que para entonces prácticamente sólo dominaban los clérigos de la época, añadió esas anotaciones o glosas que comentaban las partes del texto más difíciles de entender o que eran ya traducciones directas al habla popular.

Según los más destacados lingüistas españoles, esas palabras garabateadas en los pergaminos eran la expresión escrita del romance que se hablaba entonces en mi tierra, en La Rioja, una zona de interferencia de pueblos y lenguas desde los tiempos prerromanos.

Las intensas relaciones que Suso mantenía con otros cenobios de la Castilla burgalesa y las constantes visitas que recibía de peregrinos es lo que explica el carácter híbrido de la lengua que manifiestan estas anotaciones en los textos piadosos latinos.

Es preciso añadir que no todas estas glosas están escritas en romance: algunas se limitan a ofrecer un equivalente latino más o menos sinónimo de la palabra dificultosa; y existe alguna que no están redactadas ni en latín ni en romance, sino en euskera.

No era éste, el riojano, como pueden ustedes imaginar, el único romance que se hablaba en aquellos tiempos de construcción de lo que hoy es España. Pero la potencia política y cultural del entonces Reino de Castilla tuvo el suficiente prestigio para que las regiones o reinos vecinos, por conveniencia o comodidad, apostasen poco a poco por este modelo lingüístico que se había forjado en La Rioja.

Fue, por tanto, un idioma libremente aceptado. Y es que, como ha señalado el ya fallecido académico de la Lengua Emilio Alarcos, Castilla no impuso a León ni Aragón su propio idioma, sino que fueron estos reinos los que adoptaron el castellano por pura facilidad en la comunicación.

Así, en el siglo XVI, la lengua española se convierte en la general de todas las regiones unificadas bajo la Corona española.

Esta progresión que ha experimentado el español, hasta ser hablado en la actualidad por más de 400 millones de personas en todo el mundo, es lo que explica la fabulosa importancia de ese copista y de las glosas con las que nos regaló. Unas glosas que son el origen del español. De ese español cuya primera representación escrita se manifestó, en expresión del célebre lingüista Alonso Zamora Vicente, de forma "tímida, acobardada, recelosa casi, agazapada entre el prestigio religioso de las palabras latinas, las palabras ungidas por la cultura superior, por el mito, por la relación con lo inasible".

Y esas palabras, esas anotaciones, son lo que hoy conocemos como las Glosas Emilianenses, o como el Códice 60, así llamado por ser el número con el que está registrado en su actual ubicación, en la Real Academia de la Historia. Esas palabras, esas anotaciones, son los balbuceos de la lengua romance, ese idioma germinal que nació en La Rioja y que luego se hizo español, americano y también mediterráneo, gracias a los judíos sefardíes que salieron de España y que aún lo conservan, con reminiscencias de otras épocas y conocido como ladino, en ciudades como Tetuán, Jerusalén, Estambul, Salónica y Sofía.

Se puede decir, por tanto, que el español es un idioma viajero y universal. Un idioma viajero que hoy nos trae a Hungría, a Budapest, para hacerlo precisamente más universal. Para incentivar su conocimiento y para felicitar y transmitir nuestro calor a ustedes, preocupados por que el río que es el español, y que halla su manadero en San Millán de la Cogolla, siga fertilizando a su paso nuevos territorios con sus aguas de cultura, de diálogo y de amistad.

Esta es precisamente una de las tareas fundamentales que La Rioja, como lugar de origen del español, tiene encomendadas: la de procurar por todos los medios el avance de nuestro idioma, su incursión en las nuevas tecnologías e internet (los verdaderos códices del siglo XXI) y su preponderancia mundial en los campos de la ciencia, de la medicina, de la filosofía, de la economía, de la técnica y de los negocios.

Es una tarea, como pueden imaginar, que asumimos complacidos, al igual que la de preservar física y simbólicamente los monasterios de Suso y Yuso, cuna del español y de Gonzalo de Berceo, y la de indagar acerca de los orígenes y los primeros pasos del español.

Para este empeño fue creada en octubre de 1998, con un entusiasmo que aún mantiene intactos sus bríos, la Fundación San Millán de la Cogolla, de la que es Presidente de Honor Su Alteza Real el Príncipe de Asturias y a la que pertenecen todas las Academias de la Lengua Española que existen en el mundo y también el Instituto Cervantes.

Hablarles de su actividad es hablarles de una extraordinaria sintonía de esfuerzos y de objetivos de todos cuanto formamos parte de ella, representantes de la comunidad hispanohablante en su conjunto.

San Millán es hoy el centro donde se estudia y se divulga el español, una realidad que alcanzará una dimensión aún mayor en 2005, cuando los riojanos demos forma a nuestro deseo de crear el Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española, devolviendo a nuestros monasterios su esplendor medieval y respondiendo así a la obligación que voluntariamente hemos asumido de mantener viva la llama sagrada de la lengua en honor a la memoria de esos monjes que han procurado fama universal a La Rioja.

San Millán de la Cogolla es ahora la mayor referencia de la comunidad hispanohablante, la fuente de la que brota el agua limpia del idioma, el punto de encuentro de todas las Academias de la Lengua que existen en el mundo, como lo demuestran las múltiples actividades que han tenido como escenario privilegiado La Rioja.

La última de ellas se celebró el pasado día 13 de octubre, cuando, en presencia de SSAARR los Príncipes de Asturias, Don Felipe y Doña Letizia, las 22 Academias de la Lengua aprobaban en Yuso el Diccionario panhispánico de dudas, consensuado por todas ellas y que garantiza la cohesión de nuestro idioma dentro de su extraordinaria diversidad y riqueza, poniendo así de manifiesto que el español es único; que los más de 400 millones de hispanohablantes que estamos repartidos por el mundo nos manejamos con la misma lengua, una lengua que es la misma en España y en Guatemala, en México y en Perú, en El Salvador y en Argentina.

Fue también en San Millán de la Cogolla donde se puso de largo la Nueva Ortografía y donde los académicos asumieron el compromiso de encarar la confección del Diccionario Histórico de la Lengua Española.

Por iniciativa de la Fundación San Millán, en Yuso se han reunido, en diferentes encuentros, directores de Departamento de Español de Universidades de todo el mundo, embajadores iberoamericanos y directores de periódicos escritos en español de más de 20 países para garantizar la unidad de este idioma universal a la que antes he hecho referencia.

Otra muestra más de la ilusionante actividad de esta Fundación es que ahora mismo se están celebrando en el monasterio riojano las IV Jornadas Sefardíes, que se iniciaron ayer y que concluirán pasado mañana, y a lo largo de las cuales se están abordando el folclore y las tradiciones de este pueblo que, aunque alejado de España desde hace cinco siglos, nunca ha olvidado ese idioma pariente del español.

Y ahora mismo, cumpliendo con el cometido asumido por La Rioja, yo les estoy hablando a todos ustedes del español de nuestros monasterios en este Instituto Cervantes cuya belleza se añade a las múltiples bellezas que atesora Budapest y de las que estoy teniendo la oportunidad de disfrutar durante esta visita que me ha traído a Hungría.

El Instituto Cervantes me honra con su acogida. Hace sólo dos meses que abrió sus puertas y hoy me cede su tribuna. Quiero interpretar este hecho como una metáfora: la metáfora de que el Instituto Cervantes desea iniciar la obra de divulgación del español en Hungría por los cimientos: con la presencia del Presidente de la Comunidad Autónoma donde este idioma nació hace más de mil años.

Sea como fuere, se lo agradezco y agradezco igualmente la presencia de todos ustedes en este acto.

Como señaló SAR el Príncipe de Asturias y como he recordado al principio de mi intervención, nuestra lengua y nuestra cultura son los mejores vehículos para que húngaros y españoles lleguemos a conocernos más y mejor, para que estrechemos vínculos de amistad y para que caminemos juntos por esta Europa ampliada a la que acaba de acceder Hungría.

Sé que en la medida en que profundicemos en el conocimiento de nuestra lengua estaremos sentando las bases de futuras y fructíferas relaciones de todo orden. Por ello, invito, a través de ustedes, a los húngaros a que conozcan nuestro idioma y la tierra en la que nació. A que visiten San Millán de la Cogolla y sus monasterios de Yuso y Suso.

A que visiten también los lugares que el español transitó, en sus balbuceos, hasta hacerse culto, universitario, novelesco, poético y filosófico. A que visiten Santo Domingo de Silos, donde los monjes todavía hoy entonan cánticos gregorianos; Valladolid y Salamanca; Ávila, donde escribió su obra mística Santa Teresa de Jesús; y Alcalá de Henares, donde, para su curiosidad, les diré que existe el único centro académico de España donde se imparte húngaro.

Es la ruta que propone el Camino de la Lengua, declarado por el Consejo de Europa Gran Itinerario Cultural Europeo y a cuyo frente se encuentra una Fundación, impulsada por La Rioja, que se encarga de divulgarlo con exposiciones que, además de en diversos puntos de España, ha recalado en Bruselas, en México DF y más recientemente en Nueva York.

Esta ruta finaliza, como acabo de indicar, en Alcalá de Henares, en la ciudad natal del autor de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, obra cumbre de la literatura española de la que se cumple en 2005 su 400 aniversario; finaliza en la patria chica de Miguel de Cervantes, ese insigne y festejado fabulador que dejó escrita la siguiente frase para la reflexión: "El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho".

Esta es precisamente la invitación que quisiera, a través de ustedes, trasladar a los húngaros al finalizar mi intervención: que lean mucho, que lean en español; y que viajen, que viajen a España y a La Rioja; que viajen a San Millán de la Cogolla, a la cuna del español, donde les recibiremos con los brazos abiertos y donde les enseñaremos a interesarse por una lengua que hablamos 400 millones de personas y que es la mejor garantía de amistad entre Hungría y la gran familia de hispanohablantes que está repartida por el mundo.

Una amistad que hoy cobra especial relieve en Budapest, en el Instituto Cervantes. Una amistad que hoy reafirmamos y exaltamos con el mejor símbolo de cordialidad que podamos encontrar: Brindando con nuestros vinos, con los vinos húngaros y riojanos, con esos vinos genuinos y extraordinarios que nos presentan ante los ojos del mundo como dos pueblos fraternales, de encuentro y de diálogo; vinos que reflejan nuestro carácter que son expresión de nuestra cultura milenaria y que simbolizan el deseo de húngaros y riojanos de participar, desde esa cultura de encuentro que sólo poseen las tierras del vino, en la construcción de un futuro que anhelamos sea de diálogo, de progreso y de amistad.

Con este fraternal brindis que propongo les reitero a todos ustedes la invitación a que visiten La Rioja, la tierra del vino y del idioma. Les aseguro que les estamos esperando con ansiedad para recibirles con los brazos abiertos a la que es su casa; la casa de los que aman el español tanto como nosotros.

Muchas gracias.

Pedro Sanz - Presidente de la Comunidad de La Rioja