9 de noviembre de 2015

Las enfermedades transmisibles en Logroño durante la revolución científica de finales del siglo XIX.

El Instituto de Estudios Riojanos ha editado el libro Las enfermedades transmisibles en Logroño durante la revolución científica de finales del siglo XIX, obra de Juan Ramón Cerdeira Alonso. Se trata del número 25 de la colección de Ciencias Sociales y sale a la venta con una tirada de 500 ejemplares al precio de 12 euros cada uno.

La publicación analiza lo que ocurrió en Logroño durante el último tercio de siglo en lo que a higiene y epidemiología se refiere. Fue una época de importantes cambios para la ciudad. Se llevaron las aguas potables a las casas, se mejoró un alcantarillado inicial deficiente y se perfeccionaron otros muchos aspectos higiénicos que hoy conocemos como normales, pero que en aquel momento no lo eran tanto. Podemos ubicar, gracias a ella, los lugares donde existieron importantes institutos dedicados a la salud como el de la vacunación de la viruela o el antidiftérico en el que se preparaba el suero correspondiente; o lo que se hizo para conocer el trabajo de profesionales como Jaume Ferrán, que había descubierto una profilaxis anticolérica.

Distintas clases de profesionales como los médicos, farmacéuticos, veterinarios, arquitectos e ingenieros colaboraron con las autoridades locales, municipales y provinciales, para impedir que las enfermedades se extendieran y creasen alarmas sociales. No todo era muerte y destrucción. Todo lo contrario. El objetivo era mejorar la vida, la salubridad, el bienestar, la estética y todo lo que pudiese hacer la vida mejor a la población. Imbuidos por las ideas ilustradas del siglo anterior y que habían calado con fuerza en la gente formada de esta época, su propósito era común. Había que evitar el hacinamiento, los malos olores, los miasmas, en los que ellos creían firmemente y a los que tenían un fuerte respeto, y otros aspectos que consideraban dañinos. En suma, se trataba de mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos, incluyendo los menos favorecidos.

Los desinfectantes se convirtieron en la estrella triunfante de una época en la que la incomodidad de los acordonamientos, con policías vigilando, estaba resultando problemática para ciudadanos y comerciantes. Además, en ese momento, una joven microbiología y bacteriología estaba empezando a anunciar sus triunfos científicos.

Las epidemias trajeron un lado bueno, el de la capacidad de reacción de las gentes para combatirlas, el de la mejora de los medios para evitarlas y el de los comportamientos aparentemente heroicos para eliminarlas. En el caso de Logroño, los resultados supusieron un reconocimiento nacional en el cambio de siglo, que procedió de un médico que estaba ocupando el cargo de Director General de Sanidad, Ángel Pulido.

Cubierta de la nueva publicación del IER [5,8 Mb]